Una de las principales revoluciones del
siglo XX es el tránsito
del mundo analógico al mundo digital, un cambio silencioso y
acelerado que
ha transformado la percepción de la realidad en las
postrimerías del milenio.
La analogía es el método
que
ha permitido la comprensión del mundo
físico y que ha facilitado la interacción entre
la persona humana y la realidad
que lo rodea. Un ejemplo práctico de la analogía
es el clásico reloj: las
manecillas caminan a medida que transcurre el tiempo y así
se establece una
analogía entre dos magnitudes, la velocidad y el tiempo. A
comienzos de la
década de los años setenta aparecieron en el
mercado los relojes digitales,
en los que no se manifiesta ninguna analogía
física, sustituida por unos
dígitos que indican la hora. (Quizás el buen
gusto de los diseñadores ha
favorecido el predominio de los relojes tradicionales, con menoscabo de
los
relojes numéricos).
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Otro ejemplo de la
aplicación del
método analógico es la definición
de las varias y sucesivas unidades de medida que ha utilizado la
humanidad.
Por ejemplo, la pulgada, el pie, etc. Los científicos
necesitan afinar los
cálculos y, así, la principal unidad de longitud,
el metro, se define desde
1960 como el producto de un coeficiente por la longitud de onda de una
determinada
radiación de un isótopo particular del
átomo de criptón, y en unas condicionas
determinadas. La precisión, en este caso, aleja al individuo
de la realidad.
El experimento se puede reproducir en un laboratorio pero, desde un
punto
de vista macroscópico, la definición de la unidad
métrica está muy lejos
de la percepción inmediata. Finalmente, hay una notable
diferencia entre
escribir un texto con una máquina de escribir y redactar con
un programa
de ordenador. En el primer caso, es fácil entender
cómo salen las letras
impresas, todo se reduce a un mecanismo visible y fácil de
comprender. Con
los editores de textos, en cambio, se ve el resultado pero el
"mecanismo"
es invisible.
Los
cambios tecnológicos de los
últimos 100 años han tenido una
aceptación
cada vez más rápida. Como ejemplo, primero fue la
luz eléctrica. Después,
el teléfono, que tardó en consolidarse como
artilugio doméstico. La televisión,
en cambio, arraigó más deprisa. Finalmente, la
informática y la conexión
a la red de internet experimentan una tasa de crecimiento inimaginable
hace
sólo diez años. Todos estos cambios tienen una
relación directa con el nuevo
entorno digital. Una conclusión de este cambio
revolucionario es que la realidad
no se entiende, porque no se ve. No se trata de un salto cuantitativo
sino
cualitativo, se ha alterado el contacto con el mundo y, por lo tanto,
la
posibilidad de entenderlo.
Una
extrapolación de esta
conclusión nos lleva a una interpretación
de la locura del mundo actual, de la locura en un sentido amplio del
término.
Quizás la gente se altera porque no entiende lo que ocurre;
y la gente no
lo puede entender porque simplemente no lo puede ver. En consecuencia,
se
genera un nuevo grado de violencia (en el ámbito urbano
occidental), desconocida
en otros tiempos. Es obvio, sin embargo, que este fenómeno
no es el único
responsable de esta violencia. Las nuevas tecnologías
digitales promueven
el individualismo y la soledad. En la mayoría de actividades
humanas, en
el campo laboral, doméstico y artístico, hay
actualmente un intermediario
digital. La "realidad virtual" sustituye al contacto físico,
real, entre
las personas. El sistema (el poder fáctico) seguramente saca
tajada de la
revolución digital. Tras los movimientos
ideológicos que han traumatizado
al siglo (fascismo, totalitarismos, dictaduras, democracias
controladas),
el paradigma digital actúa en silencio y permite un control
del individuo
a distancia. Con una diferencia con respeto a los movimientos de
control
anteriores: en el contexto digital, el individuo no sabe contra
quién o contra
qué se tiene que rebelar. Esta frustración genera
rabia y violencia. A la
pregunta de si hace falta renunciar al avance tecnológico,
probablemente
hay que responder: no. El mundo actual sería inimaginable
sin la informática,
cada hito logrado en el entorno digital es un punto sin retorno.
Alternativas:
Seguramente hace falta lo que ha faltado siempre, espiritualidad,
libertad
y sabiduría, pero al margen de las religiones, de la
política y de las ideologías.
© Lluís Compte
Barcelona, Octubre 1999 - Versión en español:
Noviembre 2002